En una ventana donde siempre es amanecer

/ 23 jul. 2015 /
Te veo venir oscilando en las tardes de sol, entre la música que no conozco y los lugares que no he visitado.

Cine para ver/leer a solas.

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Pienso que el cine argentino, lo bueno que tiene es la simpleza. Lo que me gusta del cine argentino que he visto, son los finales. Tienen ese gustito a poco, te mantienen esperando toda la película algo que finalmente no pasa. Te dejan esa sensación de después de una noche de fiesta donde tuvo que pasar algo con él, pero no pasó y vuelves a casa cuando ya es de día y recuerdas por qué era que te deprimían los amaneceres, pero no puedes decírselo a nadie. El tiempo no perdona las oportunidades perdidas, el final llega de improviso, una escena muda, la pantalla fundida a negro, y los créditos que pasan tan rápido que no alcanzas a recuperarte del desconcierto ni siquiera para leer el nombre del actor que te gustó, y esa musiquita de rock latino independiente, depresivo y adolescente sonando dentro y fuera de ti.
Ese es el cine y los finales que te gustan, luego buscas las bandas sonoras y las escuchas una y otra vez hasta convencerte de que tu vida sería la mejor película que nunca se ha hecho.
Ya sola en una tarde cualquiera piensas que te gusta más el cine argentino desde que supiste que a él también le gustaba, y escribes sobre el cine argentino sólo como excusa para que, si estás de suerte, él, en un arranque de azar, decida leer precisamente esta entrada y deduzca de qué forma pensabas en él y, si es inteligente, consiga verse, al fin, en todo lo que le escribiste y murió olvidado, en el silencio cobarde de los poetas.
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Tiene los ojos llenos de algo que yo no recuerdo haber visto.

La lejanía

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Podría ir y acostarme ahora y me haría bien, pero no me sentiría mejor.

La última visita

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Tiene en su ventana la mejor vista de la ciudad y el tono lévemente oscuro del cristal parece aumentar la calidez del paisaje de las cinco de la tarde. Es la primera tarde soleada después de varios días oscuros. A lo lejos distingo la torre de la iglesia y las siluetas de los edificios, mas, descubro que no importa la altura; el cielo siempre termina donde empiezan los techos.

Siniestros

/ 19 may. 2015 /
A esta hora empiezan a pesarme los ojos, las horas de vida desperdiciada, y estoy cansada aunque no he hecho nada una vez más, ni un solo paso al futuro, ni un pequeño triunfo que saborear mientras intento entrar en el sueño. Nada. El vacío profundo, aterrador, me calza como un guante siniestro la desesperanza, la apatía hacia casi todo el mundo. Me duele el cuerpo de estar tan acomodada a esta rutina estando tan incómoda. Aquí, allá, incómoda en mi propio cuerpo que va haciéndose viejo como el día se hace noche.

Me duelen los ojos, los colores me están matando día a día. A esta hora he absorbido tantas imágenes mudas que creo que estoy lista para renunciar a mi facultad de ver. Fotografías, me seducen, las acepto, me enamoran, pero son demonios que entran en mi sangre para matarme. No, la fotografía nuca va a mostrarme la salida, sigo en esta caverna dibujando sombras. Lo supe hace mucho; que la luz viene de las sombras, y la fotografía no sirve para sanarme, no va a librarme de mí.

Taxidermia

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Yo también tengo historias que contar, pero antes de todo estás tú. Como una mariposa encerrada en un frasco, exhausta de mover las alas y no volar a ningún lado. Como los pájaros muertos que guardo en el congelador; inmóviles, el corazón seco, los ojos vacíos, mi alma está atrapada en una vida que no deseé.

Volví a mi tierra verde y ya no estaba.

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Ya no vengo por aquí, hace cuánto tiempo. Me pone triste remover estas palabras hechas escombros. Entro en mi mente y me encuentro una habitación vacía, ya no hay nadie aquí -me digo- no hay nada, parece que susurra el eco de mi voz en el silencio.

Poco a poco me fui quedando muda, la vida comenzó a ir tan rápido que olvidé la costumbre que tenía de mirarla desde lejos, lejos de todo y muy cerca de mí. Ese hábito de asumir con naturalidad una existencia poética se volvió ajeno.

Ahora enfrentada a esta página vacía me siento de nuevo entrando a un mundo desconocido. No hay regreso posible, no hay atajos, la única manera de volver a escribir es empezar con la página en blanco.

Imaginary friend

/ 19 abr. 2014 /
La única cosa que quisiera ahora, si pudiera pedir algo y tenerlo, sería abrazarte.
Sólo abrazarte y cerrar los ojos hasta poder guardar ese momento precioso dentro de mi piel, lo suficiente para cada segundo que viviré sin ti de aquí hacia adelante.

La dialéctica de todas las cosas

/ 10 jul. 2013 /
Estás en la cocina y estás haciéndote un café. Escucho el agua corriendo del grifo, el agua de la lluvia cayendo allá afuera y el murmullo de la estufa componiendo una melodía sin ritmo que voy a recordar algún día cuando estemos lejos.

Estás molesto y estás escuchando a Pearl Jam. Siempre escuchas a Pearl Jam cuando estás molesto, o triste, o cansado, cuando pienso que en realidad querrías estar en otro lado en vez de conmigo, o tal vez es tu manera de decirme que ya no me quieres tanto.

Voy a aprovechar que es invierno para releer esos poemas tristes que guardo en un pdf.

y cada segundo era un paso que dabas alejándote

/ 9 may. 2013 /

Una brisa helada fue entrando despacio en mi casa
y yo sentí cada paso que dio hasta llegar a mi lado.



El mirador del viento

/ 2 may. 2013 /

Nos sentamos a descansar en lo más alto del mirador del viento.

Allí donde el fin del mundo era apenas la mitad del camino, 
dejamos que el viento nos secara el sudor de la piel.


write about us

/ 11 mar. 2013 /

Toda la gente que no vive con nosotros tal vez no entiende por qué me gustas tanto.

Es porque no te ven en las mañanas saludar al gato y dejarlo acurrucarse con nosotros, abrazados al son de su ronroneo. Entonces, es natural que no entiendan la importancia del café negro que preparas y me llevas a la cama pero siempre termino bebiendo sentada cerca de ti, allí donde pusiste mi escritorio para que pueda mirar el mar cada día y ver los primeros botes de pescadores dibujando líneas en el agua y ver pasar los enormes barcos donde empieza el horizonte.

Seguro nadie entiende que en esta adorable rutina de no tener rutina, nada puede importarnos menos que el orden de los días. No odiamos el lunes ni esperamos el viernes porque todos los días son el mejor día para querernos, o ver una porno de piratas, o escribir una historia sobre dos que se aman y se van a vivir al fin del mundo y por la ventana ven pasar los barcos y ven pasar los días en una casa llena de luz y de música perfecta.

Aunque todos repitan que el verdadero amor espera, pocos pueden contar cómo su amor incubó con el tiempo hasta hacerse rotundo y volverse esa piedra sobre la que ahora se funda todo el mundo. Y esos mismos que van por ahí hablando del amor, seguro que no han visto al amor salvar mi vida dos horas a la semana con un chocolate, un disco de canciones, un perro y una promesa. Ni han sentido al amor volverse perpetuo cuando se duermen dos en el mismo sueño y se despiertan sabiendo que cuando se ama de verdad ya no hace falta empezar de nuevo cada día porque todos los días son un solo día para escribir la mejor historia sobre nosotros.


Geografía de amor

/ 20 ene. 2012 /


Me debía escribir sobre nosotros; que si las historias se escriben se vuelven eternas, que vivir contigo es -más bien- como un viaje, sin quedarnos quietos, sin dejar de tocarnos. A ti te debo las horas de vuelo, los megapixeles, las millas náuticas, los caracteres, los paisajes, los kilómetros y los metros sobre el nivel del mar. Las noches despiertos, las mañanas juntos, las estaciones y los cambios de horario. Las compras en el supermercado, en el almacén del barrio, en el centro comercial donde otros, en un mundo paralelo, nos miran con el desprecio de  los que mueren sin amor.

Porque apareciste de pronto en mitad de la nada y de la geografía del amor me trazaste un nuevo mapa.

"Rápido, sin llorar"

/ 28 ago. 2011 /

Caminamos entre la gente con cara de perdidos. Caminamos en silencio los trayectos de siempre. Celebramos nuestro ritual guiados por la tradición. El helado del piso dos, las papas fritas consumidas en el mismo código previo a las despedidas. Podemos quebrar la ciudad con el peso mudo de nuestras penas. Podemos hacer que la tarde no nos toque con su frío, atravesar los días sin que nada pase. Y quedarnos quietos mirando rotar las agujas que tenemos dentro del pecho.

La ultima cena

/ 24 ago. 2011 /
El día siguiente a la tragedia vamos a tomar helados. Miramos lo de siempre; las parejas, los niños, las escaleras mecánicas, y mientras esperamos nuestro turno en la fila del supermercado, vamos planeando mi muerte.

Prepararemos la última cena y de postre comeremos duraznos con crema. Yo hablo sobre el último antojo que los ancianos tienen justo antes de fallecer.

El dice que si no salgo de la pieza en tres días seguidos avisará a carabineros. Antes al hospital y antes a mi familia. Le pregunto si me velará en la cabaña, se ríe, y asumo que no. Luego conseguirá un Data show, elegirá mis fotos, seleccionará mis textos, conseguirá las flores, y se me ocurre que me gustaría que hubiera música en vivo.

Nos detenemos en la farmacia para comprar somníferos, una caja de treinta no será suficiente pero completamos la dosis con antidepresivos, tengo tres cajas llenas. Como siempre me piden la cédula y me hacen firmar la receta antes de verificarla. Así es el procedimiento para los psicotrópicos. Pregunto por el descuento, como siempre 12%. La farmacéutica se tarda en imprimir la boleta porque se ha acabado el papel de la impresora. Al salir nos detiene un perro con su pata quebrada, nos miramos y reímos por la fatalidad que nos sigue…

La memoria de los sentidos

/ 11 ago. 2011 /
Esa mañana escribí sobre una ciudad demasiado fría para recorrer a solas. La tarde que le sigue di un paseo inesperado. La escarcha brillaba en la calle con la secreta timidez de las estrellas jóvenes, sin embargo no sentí frío, ni hambre, ni cansancio, sucede cuando lo extrasensorial se apodera del control que a menudo tienen los sentidos, y los vuelve inútiles. Es como crear un submundo. Vaciar una calle. Dejar en silencio una ciudad. Pausar los recuerdos para evadir la tristeza. Es todo, menos detener el tiempo, porque el tiempo del que hablo nunca es suficiente. Si pudiéramos hacerlo no habría despedidas, promesas, no habría emociones, sólo quedarnos quietos, llenos de aburrimiento. Huérfanos de sentido hasta olvidar que había uno. Así es como por las noches, a veces, me enamoro un poco.

En la ventana dibujo una tristeza nueva; una puerta cerrada, un vidrio roto. Llueve afuera y oscurece despacio, no siento frío. Toda mi música, de pronto se oye nueva, pero ya no dedicaré canciones, no escribiré poemas, mantendré muerta toda expectativa, ¿para qué volver a abrir las posibilidades de dolor? No quiero morir como Renée Michel y su elegancia de erizo; una mañana cualquiera, por fin dispuesta a amar.

Crisis de ausencia

/ 3 ago. 2011 /
Aquí paso las horas -casi inerte- mirando a la gente pasar con sus colores distantes. Mi vista siempre se estrella en un edificio seguido de un cielo nublado. Y todo parece sin vida, la gente, el tráfico, el transcurrir de las horas. Hace días nadie me habla de nostalgias. Tampoco quiero mirar más allá, tampoco necesito que me hablen de eso que ahora es mi patria. 
Hay un sentimiento aquí dentro, no sé si resbala en las paredes blancas, o me rodea invisible, como el olor de un aerosol anti tabaco de naranja y cedro. Me ofrecen visitas, paseos, me ofrecen de todo menos risa y llanto -cuando vienen juntos y los trae el mismo abrazo-. Me llenan de música y me pierdo en ella, buscando un sonido que desplace -por momentos- a la música del tiempo. Así avanzo, un paso cada día, sin coordenadas ni GPS, a veces caminando con el sol en la cara, otras a oscuras entre la niebla que se mezcla con el humo, pero siempre sin ver nada, habitante anónima de calles que nunca han sido mías. Pasajera etérea en una ciudad demasiado fría para recorrer a solas.




El final de nuestra historia en la pantalla de un cine.

/ 14 jul. 2011 /

Hay películas que nadie entiende
y otras de las que nadie sale sonriendo.


Sabía que no había mucho que se pudiera salvar, pero separarse todavía era muy difícil. Era octubre y había llovido demasiado, me entretuve en el trayecto fotografiando los caracoles que parecían haber invadido el campus o, al menos, eran los únicos que lo habitaban el domingo por la tarde.

En la pantalla, una pareja terminando la historia de su amor, en una ciudad que a ratos se hacía sospechosamente parecida a la nuestra. Una conversación en el supermercado. Escapar de una fiesta. Miradas mudas que lo dicen todo. Un reflejo en la ventanilla de un auto. Las luces de un puente. Sonando "Patio XXIX". Todo lo que cabe dentro de una noche. Y finalmente, el amanecer, portando el incierto final a orillas de un río cuyo curso podría también haber sido este. Historias que terminan cuando termina la noche. Algo que no vuelve cuando vuelve el día.

Las luces del cine se encienden despacio, dan tiempo para secarse las huellas del llanto que, como hilos de caracol, brillan en el rostro. Al salir de la función de las cuatro las parejas adultas caminan del brazo y se dirigen a sus autos. Nosotros en silencio caminamos lento, algo como un eco adentro se traga las palabras. Tengo cuidado de no pisar los caracoles y de esquivar los charcos de agua.

Lloré en la puerta de entrada y él se fue, como se fue tantas veces diciendo que era la última. Siguió lloviendo mucho, no quise abrir las cortinas, me metí en la cama y descargué el soundtrack:

Lo bueno de llorar.



Pero entonces era martes.

/ 6 jul. 2011 /


Llegué y me senté en la cama, no había nadie más, no encendí la luz, no necesitaba luz para eso, mis manos conocían lo suficientemente bien el trayecto desde la caja hasta mi boca. Todas las explicaciones posteriores son un accesorio que aquí no tiene lugar porque hay actos que se adelantan a los pensamientos y les llamamos impulsos. La mayoría de las veces los impulsos sólo nos causan (más) problemas.

Me las fui tragando una a una, sin agua y sin pausa hasta completar la caja. Había empezado con la segunda cuando el impulso se calmó y recién en ese momento recuperé mi capacidad de razonar. Fue entonces que apareció, no sé de dónde, ese instinto de supervivencia del que tanto he oído hablar en los programas documentales. Y tuve miedo, el miedo probablemente sea la única fuerza capaz de salvarnos de nosotros mismos. Tomé el celular y llamé a la primera persona que vino a mi mente. Después de eso los recuerdos que conservo son pantallazos cada día menos claros.

Me veo a mí misma caminando por el pasillo hacia la puerta, de un lado me sujeta "él" y del otro una mujer que no conozco, una paramédico supongo, lleva un cortaviendos amarillo. Afuera me suben al vehículo de emergencia donde hay un hombre esperando y también viste de amarillo, estoy muy mareada pero consciente, o eso creo. Me acuestan en una camilla y me preguntan cosas mientras van apuntando en algo que parece ser una ficha. Luego me conectan cosas en el cuerpo, sondas por la nariz, catéteres en los brazos, sé que es molesto y doloroso pero no recuerdo la sensación. Ahora despierto en la habitación de un hospital pero sigo perdida, las paredes son celestes y tengo mucho frío, a mi lado hay alguien pero no sé quién es. Cierro los ojos, los abro, no distingo el paso del tiempo ni reconozco las caras sucesivas que de pronto aparecen en mi campo visual. No sé cuánto ha transcurrido desde la última vez que estuve consciente, parezco haber olvidado todo y se siente bien, por un rato conseguí lo que tanto deseaba: dejar de pensar para que dejara de doler.

Después de eso, claro, retornaría de todos modos la lucidez dolorosa que me trae de vuelta hasta aquí, cumpliendo un año, cerrando un círculo para abrir otros, escribiendo sobre un día parecido a éste, sólo que entonces era martes y hoy fue miércoles.




 
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