enero 19, 2012

Nada de palabras

Le pregunté si prefería los hechos o las palabras, acostados en su cama creyendo ser amigos que sólo dormían juntos, después de un silencio nuevo y después de pensarlo un rato respondió que prefería los hechos. Y entonces le regalé mi asustado beso, creando un beso que luego fue nuestro y luego fueron más… y así empezamos el amor en serio, a oscuras, a alguna desconocida hora de la noche.

Me gusta ver brillar su barba con el reflejo del sol de este verano sorpresivo, a veces rojiza, a veces más oscura: nos besamos en el parque donde sólo se besan –ocultos- los escolares.

Me detiene en el pasillo y me mira largamente a los ojos y nos miramos dejando que las miradas nos atrapen y de muchos modos nos mezclen, y entonces nos besamos con sabor a cerezas y a frambuesas del huerto.

Nos besamos debajo de todas las estrellas, las mismas que a solas me dan miedo, me besa –despacio- el cuello, yo, mirando el cielo descubro círculos y constelaciones cuyos nombres no me importan porque me alegra que él esté lejos de los círculos que me dañaron en un tiempo que parece salido de algún sueño ajeno. A ratos me asusta el sonido del viento arriba, entre las ramas de los eucaliptus y él, riendo, me dice que sólo es eso, el viento que es dulce en las hojas del cerezo. Nos besamos abrazados en sintonía con la noche mientras los perros juegan alrededor, enredando -a veces- sus colas en nuestras piernas.

Ahora que escribo esto acomodada en mi cama, siempre cerca él lee una revista de rock, viene a sentarse a mi lado y me habla de My Bloody Valentine y en la necesidad de descargar sus discos. Después me besa en la cara, muchas veces, tierno, y así cierro los ojos y sonrío, entregada a la felicidad completa de quien está aprendiendo a redescubrir el amor.



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agosto 28, 2011

"Rápido, sin llorar"


Caminamos entre la gente con cara de perdidos. Caminamos en silencio los trayectos de siempre. Celebramos nuestro ritual guiados por la tradición. El helado del piso dos, las papas fritas consumidas en el mismo código previo a las despedidas. Podemos quebrar la ciudad con el peso mudo de nuestras penas. Podemos hacer que la tarde no nos toque con su frío, atravesar los días sin que nada pase. Y quedarnos quietos mirando rotar las agujas que tenemos dentro del pecho.




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agosto 24, 2011

La ultima cena


El día siguiente a la tragedia vamos a tomar helados. Miramos lo de siempre; las parejas, los niños, las escaleras mecánicas, y mientras esperamos nuestro turno en la fila del supermercado, vamos planeando mi muerte.

Prepararemos la última cena y de postre comeremos duraznos con crema. Yo hablo sobre el último antojo que los ancianos tienen justo antes de fallecer.

El dice que si no salgo de la pieza en tres días seguidos avisará a carabineros. Antes al hospital y antes a mi familia. Le pregunto si me velará en la cabaña, se ríe, y asumo que no. Luego conseguirá un Data show, elegirá mis fotos, seleccionará mis textos, conseguirá las flores, y se me ocurre que me gustaría que hubiera música en vivo.

Nos detenemos en la farmacia para comprar somníferos, una caja de treinta no será suficiente pero completamos la dosis con antidepresivos, tengo tres cajas llenas. Como siempre me piden la cédula y me hacen firmar la receta antes de verificarla. Así es el procedimiento para los psicotrópicos. Pregunto por el descuento, como siempre 12%. La farmacéutica se tarda en imprimir la boleta porque se ha acabado el papel de la impresora. Al salir nos detiene un perro con su pata quebrada, nos miramos y reímos por la fatalidad que nos sigue…


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agosto 11, 2011

La memoria de los sentidos



Esa mañana escribí sobre una ciudad demasiado fría para recorrer a solas. La tarde que le sigue di un paseo inesperado. La escarcha brillaba en la calle con la secreta timidez de las estrellas jóvenes, sin embargo no sentí frío, ni hambre, ni cansancio, sucede cuando lo extrasensorial se apodera del control que a menudo tienen los sentidos, y los vuelve inútiles. Es como crear un submundo. Vaciar una calle. Dejar en silencio una ciudad. Pausar los recuerdos para evadir la tristeza. Es todo, menos detener el tiempo, porque el tiempo del que hablo nunca es suficiente. Si pudiéramos hacerlo no habría despedidas, promesas, no habría emociones, sólo quedarnos quietos, llenos de aburrimiento. Huérfanos de sentido hasta olvidar que había uno. Así es como por las noches, a veces, me enamoro un poco.
En la ventana dibujo una tristeza nueva; una puerta cerrada, un vidrio roto. Llueve afuera y oscurece despacio, no siento frío. Toda mi música, de pronto se oye nueva, pero ya no dedicaré canciones, no escribiré poemas, mantendré muerta toda expectativa, ¿para qué volver a abrir las posibilidades de dolor? No quiero morir como Renée Michel y su elegancia de erizo; una mañana cualquiera, por fin dispuesta a amar.



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agosto 03, 2011

Crisis de ausencia

Aquí paso las horas -casi inerte- mirando a la gente pasar con sus colores distantes. Mi vista siempre se estrella en un edificio seguido de un cielo nublado. Y todo parece sin vida, la gente, el tráfico, el transcurrir de las horas. Hace días nadie me habla de nostalgias. Tampoco quiero mirar más allá, tampoco necesito que me hablen de eso que ahora es mi patria. Hay un sentimiento aquí dentro, no sé si resbala en las paredes blancas, o me rodea invisible, como el olor de un aerosol anti tabaco de naranja y cedro. Me ofrecen visitas, paseos, me ofrecen de todo menos risa y llanto -cuando vienen juntos y los trae el mismo abrazo-. Me llenan de música y me pierdo en ella, buscando un sonido que desplace -por momentos- a la música del tiempo. Así avanzo, un paso cada día, sin coordenadas ni GPS, a veces caminando con el sol en la cara, otras a oscuras entre la niebla que se mezcla con el humo, pero siempre sin ver nada, habitante anónima de calles que nunca han sido mías. Pasajera etérea en una ciudad demasiado fría para recorrer a solas.




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julio 27, 2011

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Subrayo con marcador verde las citas más notables de mi libro favorito, algo que escasamente hago con esos textos académicos que detesto leer y se ven ahora tan lejanos como temibles. Mi libro favorito, sigue siendo el mismo del que me habló mi amiga venezolana hace varios años, imposible de conseguir en este país, toda una rareza para estas latitudes. Pero gracias a ella, tengo en mi biblioteca y guardo con verdadera devoción un ejemplar impreso en baja calidad cuyas páginas, transformadas en pdf, tuvo mi amiga la dedicación de digitalizar una a una.

Antes de seguir, me detengo un momento en el recuerdo de ella, que avanzando de blog en blog llegó hasta mí, trayéndome, además de una pila de letras y canciones bellas, la ilusión de que era posible sobreponerse a nuestra propia autoflagelación para alcanzar un estado emocional mejor.

¿Dónde estarás ahora, amiga? No lo sé con certeza, mas, lo que verdaderamente importa es que estás bien, seguirás trabajando en la librería (?), empleo que sanamente te envidiamos, vives bajo un techo de amor, y la mejor parte es que lograste superar la terapia y dejar los químicos que colonizaron tu cerebro y aún lo hacen con el mío.

Lo cierto es que cuando dejaste Blogger, nosotros, habitantes de las letras nos quedamos un poco más solos, y aunque hace poco me confesaras que quisiste conocerme creyendo que era eso que en realidad no soy, me gustaría que sepas, hoy, lo grande que eres en mi corazón y que el lugar bello que fundaste sigue vivo en cada página y en cada melodía que tú me regalaste.



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julio 14, 2011

El final de nuestra historia en la pantalla de un cine.


Hay películas que nadie entiende
y otras de las que nadie sale sonriendo.


Sabía que no había mucho que se pudiera salvar, pero separarse todavía era muy difícil. Era octubre y había llovido demasiado, me entretuve en el trayecto fotografiando los caracoles que parecían haber invadido el campus o, al menos, eran los únicos que lo habitaban el domingo por la tarde.

En la pantalla, una pareja terminando la historia de su amor, en una ciudad que a ratos se hacía sospechosamente parecida a la nuestra. Una conversación en el supermercado. Escapar de una fiesta. Miradas mudas que lo dicen todo. Un reflejo en la ventanilla de un auto. Las luces de un puente. Sonando "Patio XXIX". Todo lo que cabe dentro de una noche. Y finalmente, el amanecer, portando el incierto final a orillas de un río cuyo curso podría también haber sido este. Historias que terminan cuando termina la noche. Algo que no vuelve cuando vuelve el día.

Las luces del cine se encienden despacio, dan tiempo para secarse las huellas del llanto que, como hilos de caracol, brillan en el rostro. Al salir de la función de las cuatro las parejas adultas caminan del brazo y se dirigen a sus autos. Nosotros en silencio caminamos lento, algo como un eco adentro se traga las palabras. Tengo cuidado de no pisar los caracoles y de esquivar los charcos de agua.

Lloré en la puerta de entrada y él se fue, como se fue tantas veces diciendo que era la última. Siguió lloviendo mucho, no quise abrir las cortinas, me metí en la cama y descargué el soundtrack:

Lo bueno de llorar.



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