Le pregunté si prefería los hechos o las palabras, acostados en su cama creyendo ser amigos que sólo dormían juntos, después de un silencio nuevo y después de pensarlo un rato respondió que prefería los hechos. Y entonces le regalé mi asustado beso, creando un beso que luego fue nuestro y luego fueron más… y así empezamos el amor en serio, a oscuras, a alguna desconocida hora de la noche.
Me gusta ver brillar su barba con el reflejo del sol de este verano sorpresivo, a veces rojiza, a veces más oscura: nos besamos en el parque donde sólo se besan –ocultos- los escolares.
Me detiene en el pasillo y me mira largamente a los ojos y nos miramos dejando que las miradas nos atrapen y de muchos modos nos mezclen, y entonces nos besamos con sabor a cerezas y a frambuesas del huerto.
Nos besamos debajo de todas las estrellas, las mismas que a solas me dan miedo, me besa –despacio- el cuello, yo, mirando el cielo descubro círculos y constelaciones cuyos nombres no me importan porque me alegra que él esté lejos de los círculos que me dañaron en un tiempo que parece salido de algún sueño ajeno. A ratos me asusta el sonido del viento arriba, entre las ramas de los eucaliptus y él, riendo, me dice que sólo es eso, el viento que es dulce en las hojas del cerezo. Nos besamos abrazados en sintonía con la noche mientras los perros juegan alrededor, enredando -a veces- sus colas en nuestras piernas.
Ahora que escribo esto acomodada en mi cama, siempre cerca él lee una revista de rock, viene a sentarse a mi lado y me habla de My Bloody Valentine y en la necesidad de descargar sus discos. Después me besa en la cara, muchas veces, tierno, y así cierro los ojos y sonrío, entregada a la felicidad completa de quien está aprendiendo a redescubrir el amor.
