El fin del mundo será a las 4:00 am

/ 19 ene. 2011 /

Ya no te preocupa que el tiempo pase lento porque lo que importa ahora es cómo seguir llenando los días con una esperanza menos. Cómo llenar las mañanas, las tardes, las madrugadas. Sobre todo las madrugadas y su espantosa calma. O encontrarles un sentido a tantas vueltas en la cama, en la semioscuridad que empieza a traer de regreso las siluetas de las cosas, a devolverles la realidad que quieres evadir para siempre cuando desaparece el único lugar donde puedes esconderte.

Te deprimen las madrugadas y sus sonidos lejanos. Las 4:00 am. La peor de las horas. Los gatos, igual que bestias, rondando la puerta a la espera de algo que, saben, llegará junto con la luz del día. No es tu caso. Nunca es tu caso y sigues aquí esperando.

Te consuelas diciéndote, en silencio, que al menos ahora tienes una razón para escribir, buscar vida en los escombros, crear desde la destrucción: aufheben. Pero te respondes que no es lindo escribir sólo cuando estás muy triste.

Y ya ni siquiera es tristeza sino dolor. Crudo. Real. Dolor verdadero que se siente en el cuerpo. Te oprime el cerebro y te provoca nauseas y el impulso de arrancarte los ojos con las uñas para poder así dejar de llorar. Da lo mismo retroceder cinco años, o tres años, o seis meses, porque el dolor es el mismo de las heridas nuevas hechas sobre cicatrices viejas.

Entonces escuchas los discos que descargaste hace un tiempo sin saber por qué, y descubres que todo tiene una razón que aún no logras comprender y que te da terror. Recuerdas que escuchar música triste siempre te ha hecho sentir mejor pero esta vez no te sientes mejor ni puede la secreta condescendencia de los músicos catalizar el sabor amargo que te envenena, tan despacio, que no alcanzas a perder la conciencia, justo cuando más necesitas escapar, dormir, dejar de estar. Porque sufres. Sufres. Sufres esperando por piedad una tregua, un descanso más prolongado, una paz no armada, un lugar para salvar tu corazón.

Y te dan ganas de salir al patio a esa hora y caminar descalza a pesar de la lluvia hacia cualquier parte. No tendrías miedo porque sabes que los perros nunca te dejarían sola. Pero no lo haces para no despertar a nadie. Porque aquí no pasa nada. Nadie llora en la habitación del lado y no hay alguien que dejó de preguntarse la razón de haber crecido tan sola, presa de sí misma, atrapada en un lugar que ya no es capaz de protegerla de la vida real. Donde ahora el pasto crece un metro sobre el suelo y el bosque brota reclamando su espacio, haciéndose tan frondoso que apenas los árboles dejan ver un trozo de cielo. Un lugar que ya no te resulta ameno, superado por el abandono, el descuido y la soledad. Prefieres estar lejos, “porque esa lejanía te salva la vida”.

El amanecer viene con un escalofrío. El dolor está sobre ti como brisa gélida, te atraviesa, congela hasta tus lágrimas. Quieres levantarte, hacer algo para quitártelo de encima pero está dentro de ti, y tú inmóvil, semicubierta por la cama que a esta hora es más un calabozo que un refugio, los ojos abiertos como si no pudieses volver a dormir nunca más. Dormir, que siempre ayuda cuando no hay otro lugar adonde ir. Los sueños premonitorios que se te repiten hechos pesadillas ya no te asustan, vas a ellos arrastrada por la inercia, no podrían anunciarte nada peor que esto, lo que te dijeron hace varias noches y no quisiste creer por tu idea absurda de que si no creías en ellos no podrían dañarte. No quisiste creer porque esos días y sus noches estabas contenta y no querías dejar de estar contenta. Nunca has querido dejar de estar contenta.

Las 7:00 am, el sol entra brutal por la ventana burlándose de la cortina doble que has puesto para que de noche no te asusten sus fantasmas, para que la oscuridad borre por algunas horas la realidad que te atormenta y no consigues evitar. El sol entra pero ni aún así te toca ni te alcanza ni te sirve la falsa tibieza que promete.

Las 9:00 am, cuando por fin crees encontrar algo de paz, un pensamiento nuevo te abre los ojos, un recuerdo te revuelve el estómago y se queda ahí, vuelto una masa rugosa, entre el estómago y la garganta. Despiertan otra vez tus pensamientos en caos: crece la batalla mortal que desde las 4:00 am se libra en tu cabeza.

6 Comentarios:

{ Li..* } on: 20 de enero de 2011, 0:19 dijo...

Buf, no sabes como se me hace de cercano esto que has escrito Ada.
Genial, como siempre. un beso

Quiero que desaparezcan las noches largas.

{ Alerion Finigor } on: 23 de enero de 2011, 14:22 dijo...

Impresionante como hacer para transmitir exactamente lo que dicen tus palabras. Espero, nada más, que el mundo que se acaba a las 4 AM no sea el tuyo...

Saludos,

Javier

PD: el otro día te vi en el mall pero no me viste jajaja

{ Demian Haller } on: 24 de enero de 2011, 6:09 dijo...

Una hora antes 03:00 am se despiertan mis fantasmas; y la soledad se transforma en esa amiga fiel...y me pregunto porque se hace tan fácil escribir en la tristeza y el dolor....
saludos
y demasiado representado en tu texto!!!
me siento muy cómodo cuando me arrojo en tus letras

Anónimo on: 26 de enero de 2011, 22:30 dijo...

Siempre sueles ser tan depresiva para tus escritos tan cursis?
y si!!! digo escrito por que la verdad no se me ocurre en donde clasificar tu pseudoliteratura.

{ Mobtomas } on: 3 de febrero de 2011, 17:49 dijo...

Me gustó mucho tu escrito. Para mí las 4 am es la hora en que suelo despertar, ya sea de manera automática, para volver a dormir unos minutos después, o por culpa de alguna pesadilla. Algo me debe pasar a las 4 am, igual el fin del mundo.

{ Enrique Perez } on: 17 de febrero de 2011, 13:06 dijo...

futurista... muy bueno.. salud!

 
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