Navidades

/ 20 mar. 2008 /
Cuando pasan los años y uno crece, se da cuenta de que la navidad que antes esperaba con tanta ilusión ya no significa nada especial. Los regalos eran, en ese entonces, determinantes en la existencia de uno. Yo recuerdo las navidades desde que era bien chica, desde cuando éramos más pobres y todo estaba más lejos. Cuando era más feliz, porque cuando uno es niño siempre es feliz. Es precisamente eso lo más bonito de la niñez, yo creo que es también eso, y no otra cosa, lo que más envidian los adultos. Ellos, los adultos, tienen esa extraña costumbre de demostrar que siempre tienen todo bajo control, que hacen lo correcto y que siempre, invariablemente, siempre tienen razón. Sin embargo, he llegado a pensar que no son más que apariencias, que en el fondo siempre siguen siendo los mismos niños asustados que se han perdido de la mamá en una multitud de gente.

La navidad, para mi, comenzó a mis cinco años. Había pedido un oso de peluche. Ni siquiera fue un deseo originalmente mío, ahora lo entiendo, lo más seguro es que haya sido influencia de mi mamá, porque en esa época las cosas funcionaban de una manera muy diferente a como son ahora, los niños éramos realmente niños, así, con un rol verdaderamente propio y, por supuesto, una inocencia que ya casi no existe. De partida, en mi casa no había televisor, por lo tanto mi mundo material se limitaba a las cosas simples que veía a diario en el acontecer de la vida neo-rural. No había aún el bombardeo comercial actual, y si es que lo había, no estaba a mi alcance. Todo el contacto que podía yo tener con el mundo incipientemente capitalista del Chile provinciano de principios de los noventa, se limitaba a bajar al pueblo una vez al mes para que mi papá recibiera su sueldo de profesor rural y comprar la pulpería (nunca me gustó esa palabra) necesaria para todo el mes siguiente. Bajo esas condiciones era imposible soñar con tener cosas que ni siquiera cabían en mi pequeña imaginación. Así es que cuando mi mamá sugirió un oso, yo decidí que eso era lo que le iba a pedir en mi carta al viejo pascuero, porque yo también creí en el viejo pascuero (lo digo con orgullo). Pero yo, aunque iba de oyente a clases con mi papá, aún no sabía escribir y fue mi mamá quién escribió la carta, por supuesto, dictada por mí. Recuerdo que aprovechamos un viaje no programado que tuvo que hacer mi papá al pueblo para encargarle que llevara la carta al correo.

Era el año 1991 y estábamos recién instalados en la casa nueva, mi casa, que nunca ha sido mi casa, que es más bien un híbrido formado; en un extremo, por una sala de clases, un comedor y una pequeña oficina; y en el otro una vivienda, que a mis papás siempre les ha parecido mal distribuida y de dimensiones insuficientes, por lo que crecí escuchando innumerables descalificaciones dirigidas al arquitecto por su ineptitud al diseñarla. A mí, sin embargo, me gusta mi casa y no me parecen del todo justas las descalificaciones al arquitecto, primero, porque no está presente para decir nada en su defensa, segundo, porque prefiero imaginar que su intención era aplicar vanguardia en su diseño, pero aunque estéticamente era innovador, resultó muy poco funcional.

Llegó la noche buena y al otro día muy temprano me despertaron para ver si el viejo pascuero había pasado o no por mi árbol, una rama de pino natural y muy olorosa. Era una mañana nublada, lo sé porque lo vi por la ventana de la pieza de mis papás donde dormíamos los tres juntos. A mi me daba miedo pasar la noche en mi pieza, sola, por eso dormí en la pieza de ellos hasta los nueve o diez años. Primero dormíamos todos en la misma cama; una hazaña considerando que la cama es de una plaza y media, por culpa del arquitecto inepto, claro, porque diseñó la habitación principal demasiado pequeña, tanto que no hay espacio para una cama de dos plazas. Después que crecí acomodaron un colchón en el suelo al lado de su cama, y allí estuve hasta que un día tuve suficiente valor y decidí (o decidieron) independizarme en los asuntos de dormir.

Lo primero que vi esa mañana fue un paquete amorfo debajo del pino de navidad envuelto en papel de regalo azul. Lo abrí. Era el oso Fú, el mismo que hoy, después de diecisiete años, sigue durmiendo conmigo sin haber sido nunca en su vida sometido, siquiera, a un lavado (eso lo diría él con orgullo).

La siguiente navidad pedí una muñeca. Algunas características que debía tener eran ser de plástico y medir cincuenta centímetros, la dimensión más grande que yo podía imaginar. La muñeca también llegó, y se llamó Cindy. Tenía el pelo castaño muy brillante y los ojos celestes, un vestido con flores azules y zapatos blancos. Hasta hoy, es la muñeca más bonita que yo he visto. Pero lo primero que perdí fue los zapatos, después le desarmé el peinado y mas adelante la sometería también a una gran operación del estómago, en la época que me dio por operar a todos mis juguetes antropomorfos, entiéndase: muñecas de trapo, pepones y Cindy. Ese fue el hecho que marcó su decadencia definitiva. Nunca supe que pasó con ella y a donde fue a parar luego de su desaparición.

Fui una niña que creció con muy pocos juguetes, ahora los niños tienen tantos que ni siquiera saben que hacer con ellos, me divertía más jugando al aire libre, ensuciándome, queriendo a los animales, soñando, usando la imaginación para crear lo que no tenía. Y en realidad nunca me importaron mucho los juguetes, por lo mismo no los cuidaba tanto, al único que le he mantenido siempre el mismo respeto es al oso Fú. El oso Fú no entra en la categoría de juguete, es más bien un centinela nocturno y es gracias a él que pude atreverme a dormir sola, porque si el oso Fú está en mi cama me siento protegida, siento que no estoy de verdad sola.

Pasaron algunos años, no muchos, y recordé de pronto que antes de esa primera navidad yo ya había visto en una vitrina, en Temuco, a un oso muy parecido a mi oso Fú. Recordé también una extraña caja que trajeron mis papás la siguiente navidad, que yo pregunté qué era y me respondieron algo bien ridículo, pensándolo bien. Fue así como atando cabos y haciendo relaciones que encajaban, descubrí que los regalos no los traía el viejo pascuero, sino que los compraban los papás. Pero, a diferencia de lo que los adultos creen, no me sentí decepcionada ni triste, me alegré porque había hecho yo sola un gran descubrimiento, y tampoco nunca se lo dije a nadie. Después uno crece, y los papás asumen que uno ya no es fácil de engañar.

Yo creo que todos los niños han creído alguna vez en el viejo pascuero. Por mí, que sigan creyendo, nadie tiene el derecho de destruirles sus sueños, porque cuando uno es niño no sabe de asuntos comerciales, y como dice el eslogan de una multitienda: la magia está en creer. Conozco gente que les enseña a sus hijos desde pequeños que no existe el viejo pascuero. Pero para mi no existe esa opción, yo en su lugar dejaría a los niños descubrirlo solos. Como una especie de preparación para las futuras decepciones, que sí serán decepciones reales, porque yo ya he aprendido que la vida no es más que una eterna decepción.

El resto de las navidades estuvimos siempre solos con mi familia de tres integrantes, y secretamente yo siempre quise algo más, una cena con invitados, alegrías nuevas, cualquier cosa, algo que hiciera olvidar la monotonía de tantos años, la soledad de no tener hermanos, de no tener amigos, de no tener familiares espacialmente cercanos. Antes, en la capilla del sector se celebraba la noche buena en comunidad con una representación dramática del nacimiento de Cristo. Lo preparaban durante mucho tiempo y a mí, particularmente, me gustaba mucho porque era muy real, con caballos y hasta un bebé de verdad. Era una fiesta de la que participaban todos los vecinos y también los no tan vecinos. Algunos caminaban desde muy lejos en medio de la noche, pero no era en ningún caso un sacrificio. Después volvíamos todos a nuestras casas y los niños llegábamos justo a tiempo para abrir los regalos. Yo recuerdo que el camino de vuelta siempre se me hacía interminable.

Es triste ver como todo cambia, no siempre para bien, y las tradiciones se van abandonando hasta que desaparecen, incluso, de la memoria de muchos. Ahora la mayoría tiene auto, ya casi nadie recuerda que la navidad es una fiesta originalmente religiosa, y claro, cada cual vive su vida en un círculo cerrado. Hoy el concepto de comunidad perdió significado. Y los pinos de plástico desplazaron para siempre a las olorosas ramas de pino natural de antaño. Esta navidad, como muchas de las que vendrán, los niños se quedarán sentados eligiendo, frente al televisor, el juguete más caro, que creen los hará eventualmente más felices, en vez de elegir en familia la rama de pino más bonita para adornar como árbol de navidad.
En mi casa fuimos de los últimos en comprar un pino artificial, mi mamá se aburrió de la natural caducidad del árbol, y comenzaron a molestarle las hojas secas que se acumulaban en el piso después de unos días. Pero yo no olvidaré su olor, que será para siempre en mi mente el olor de las navidades de mi niñez.

2 Comentarios:

{ Mauricio } on: 23 de marzo de 2008, 0:00 dijo...

:) Bkn me hizo recordar mi niñes, y tienes mucha razón cuando pequeños era todo casi perfecto, se disfrutaba cada día, y cada día era una especie de mundo distinto, largo y lleno de aventuras.

Saludos Ada.

{ Haznard } on: 3 de abril de 2010, 12:32 dijo...

Para desgracia de uno, la festividad de navidad se ha vuelto meramente comercial, y se ha perdido el punto de vista religioso. (Aunque ya no creo en la religion, pero la respeto, simplemente por respeto a mi familia.) Y más aun el hecho de compartir en familia...

Sin duda la niñez era un momento feliz, de cierto modo a mi me hubiese gustado por un día volver a algun momento de mi niñez, ya que no la pude disfrutar. Y de cierta manera, al leer tu relato, he vuelto por un momento, a mi niñez, me ha hecho recordar...

Leere cada una de tus publicaciones... y dejaré un respectivo comentario. Hasta el momento en que deba esperar a que publiques algo para poder escribir...

 
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