Anatomía

/ 26 mar. 2008 /
Últimamente me he dado cuenta de que me gustan bastante mis manos. Desde siempre, lo único que me parecía bonito de mi cuerpo eran los ojos, y eso es porque toda la vida me lo han repetido, tanto, que al fin he llegado a creerlo, aunque no totalmente. En realidad no sé si son bonitos o normales. Son verdes. No grises, no color turquesa, no la típica tonalidad verde esmeralda, no, ni siquiera un color indescifrable. Verdes. Así, simplemente verdes, con una figura amarilla en el centro que imita la forma de un diminuto sol, justo alrededor de las pupilas, pequeñas a la luz del día, enormes y felinas durante la oscuridad de la noche.

Es en el límite entre la niñez y la adolescencia cuando uno empieza a tener consciencia de los asuntos estéticos y la belleza se convierte en la mayor preocupación de cualquier niña normal. Yo nunca fui una niña bonita. A veces me decían que lo era, pero siempre eran señoras mayores, o tías, o quien sabe qué amiga de la mamá, cuya opinión no era del todo confiable o no nos servía de nada para los fines que en esa época perseguíamos. Mi mamá tampoco, nunca me ha dicho que soy bonita. Y no lo necesito mucho porque sé perfectamente como soy, mi belleza se rige por los propios cánones que me impongo, cánones que por cierto aún no logro alcanzar. Creo que por eso aprendí a querer tanto a mis ojos aburridamente verdes, porque eran, o son, lo único que atrae favorablemente la atención de las personas al mirarme.

Gran parte de mi vida, ya con la madurez de quién se asume no bonita, preferí omitirme estéticamente, hasta que un día, no sé cómo ni por qué motivos, decidí que si en mí había al menos una cosa positiva había que aprovecharla. Y fue así como empecé a mirar a los ojos a todas las personas en todas partes. Si no me miraban por iniciativa propia, entonces yo las obligaría a hacerlo. No, creo que no fue exactamente así. Pero es un hecho habitual que siempre veo a las personas a los ojos. Y por mirar a los ojos me he encontrado con muchas cosas que son imposibles de descubrir de otro modo. Y por mirar más de la cuenta me han llamado impertinente o mal educada. Y gracias a que miro a los ojos he podido constatar que casi nadie lo hace, que en la calle la gente es absolutamente indiferente, que con frecuencia nadie mira a nadie, y cada cual mira únicamente dentro de sí mismo, inútilmente además, porque ni siquiera conocen quienes son. Y, por supuesto, mirando a los ojos encontré una mirada que es la mirada que esperaba desde siempre. Por eso, aprender a mirar a los ojos ha sido una de las cosas, recientes, más determinantes en mi vida.

Ahora me gustan mis manos. Me gusta su forma, su color, y sobre todo me gusta tocarlas y tocar con ellas. Hace dos años llevo las uñas largas, porque creo que eso ayuda a que los dedos, mis dedos, se vean más estilizados. Todo es culpa de los traumas infantiles causados por las señoras mayores, las tías, y quién sabe qué amiga de la mamá, porque siempre me dijeron que tenía “manitos de empanada”, comparación que yo odiaba y que para mí tenía un solo significado: manos chicas y gordas. Como una empanada. Porque, claro, cuando esos personajes detestables decían que una era bonita, una era lo suficientemente inteligente para saber que mentían, en cambio, cuando enumeraban los defectos, dulcemente disfrazados en comparaciones ridículas, para una resonaban como verdades irrefutables y destructoras.
Los últimos cuatro años han sido una suerte de transformación positiva mía, yo la llamo evolución estética, o justicia de la naturaleza, la misma que hizo que el patito feo se convierta en cisne. Y ahora, cuando esas mujeres adultas me dicen que soy bonita, lo creo, porque lo dicen con cierto aire que reconozco, es de envidia. Aunque mi belleza no es la belleza oficial, a mi me gusta la idea de ser diferente. Me lo ha dicho más de una persona: “tú no eres rica, eres linda”, y para mí está bien que hagan esa distinción. Pero no siempre.

Junto con el inicio de mi evolución estética comenzó también una relación conmigo misma que se ha ido estrechando. Es una relación de amistad entre mi cuerpo y yo.

5 Comentarios:

Anónimo on: 27 de marzo de 2008, 19:41 dijo...

ola, nada poh, solo repetirte lo que por msn te he dicho, me gusta muxo leerte, y tienes pasta de escritoraa!! asi que de repente si quieres plAnteartelo seriamente, cuenta con un lector seguro, es cosa que me avises, y comparaemos tus libros, pero pirateados que son mas baratos jaja

en fin sige asi deleitando!!
y eso poh..

sigo discutiendo con un amigo por futbol!

XD

un beso


pat0!

{ Diego... } on: 30 de marzo de 2008, 20:25 dijo...

.. gracias por leerme.. me gusto mucho tu texto, pero mas que eso, me gusta la sutileza de tus palabras, fue agradable darme el tiempo para meterme en tus lineas...

espero q estes bien
cuidate
chao...

{ Newton } on: 8 de septiembre de 2008, 14:55 dijo...

tu ojo es un verde...

{ Haznard } on: 3 de abril de 2010, 17:17 dijo...

La gente siempre tiende a señalar lo mas caracteristico que tiene uno, es cierto, tus ojos no son lo comun que siempre se ve, pero no por su color, sino por lo que reflejan.
no dire mas porque podria malinterpretarse...

{ Haznard } on: 3 de abril de 2010, 17:21 dijo...

Me falto agregar del comentario, de que nadie se mira a los ojos, cuando se habla.
La humanidad es asi, poca gente mira a los ojos cuando habla, porque siempre tiene algo que quiere ocultar. Yo por lo general siempre incomodo a los demás, por el hecho de mirar siempre a los ojos y siempre decir las cosas que me parecen mal, en vez de guardarmelas

 
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